sábado, 18 de abril de 2020



Enhebrar la aguja,
dejar el rastro de saliva posado sobre el hilo,
atravesar el ojal 
no sin antes guiñar un ojo
- el derecho-

Dejar las gafas descansadas sobre la punta de la nariz.

Prender de la boca un hilo,
como para establecer el contrapunto 
que equilibre la tarea
de iniciar la primera puntada sobre la tela.

Introducir los dedos,
aprovechar cada retazo roto,
cada hilo desperdigado,
aquella tela de vida desgastada que cosía
resucitaba en cada gesto de hilo que introducía dentro.
Zurcía con la ternura de quien 
se sabe encomendado para una hazaña importante.
Tejía, como araña experta, 
la red que devolvía la vida
a aquella tela que todos dieron por muerta.

Mientras, 
al otro lado del calcetín,
mi abuelo observaba de reojo el ritual,
como yo,
que desde muy cerca comprobaba 
cómo se ha de tejer una tela de araña perfecta.

El verano atendía las disposiciones 
de los hombres en el interior de aquella casa,
donde mi abuela recomponía los pies de su marido
para que nunca se olvidaran de caminar.
Por eso zurcía sus calcetines.

sábado, 15 de febrero de 2020

Día 1

Correr para no salir huyendo. Correr para no escapar de, sino hacia dónde. Hacia mí. Cada paso me aleja de mi mente, de los pensamientos desestructurados y la grieta se cierra, un poco. No corro para ganar, corro para sentirme mejor, no para ser mejor. Qué importante el matiz de las palabras.
Ya no hay una aplicación que me diga cuánto corro, a qué velocidad, cuántos otros tontos que se dicen a sí mismos que correr 5 kms en menos tiempo te hará mejor persona. Sentir esa ridiculez de medirse con el otro como si ese otro fuese uno mismo.
Acertar a no competir contra mí misma es lo complejo. No contar los minutos, desechar lo conseguido aquella vez que no me ahogaba corriendo (pero sí me ahogaba por dentro). Corre más, corre más rápido, no fracases, te ahogas, te ahogas, dolor.
Para.
Ni aun cuando recuperaba el aliento la sombra se hacía más corta. El camino era exactamente igual de largo que el suspiro que me afanaba en recuperar.  Y sí, el camino era eterno.
Pero ya no.
Porque hoy correr no fue competir, fue sonreír y descubrir que mi fragilidad es mi mayor fortaleza.